
Ayer fui a cortarme el pelo. O a que me lo cortaran, para aquellos quisquillosos de los reflexivos. Como el peluquero de toda la vida había cerrado, por jubilación, fui en búsqueda de otro similar. De barrio. El típico con la franja tricolor en la puerta. Generalmente, a la vista en una especie de pirulo colgado, aunque en ocasiones pintado en la fachada. De aquellos en los que esperas encontrarte a un señor mayor, ataviado con una bata azul, peine en mano y solo, sentado en una de las sillas al recibimiento de algún cliente. O da igual. Ocupado con alguno de sus amigos jubilados mientras esperas Interviu en mano tu turno.
Pero no. No quedan por donde vivo. Del pirulo tricolor se ha pasado al nombre propio y prestigioso. Al estilista. Al escultor de peinados. Al arte de las tijeras y la experimentación. Al cartel luminoso. Al escaparate de señoritas uniformadas, armadas con rulos y secadores en las cinturas y que ejercen su tarea como si de una cadena de montaje se tratase. Ya sea para él o para ella.
La cuestión es que mientras una simpática señorita me lavaba el pelo, para después cortármelo, comencé a pensar en todo esto, con una cierta añoranza. Tal vez motivado por los suaves masajes que mi nueva peluquera aplicaba sobre mi cuero cabelludo, a punto de ser trasquilado con estilo. Y con cariño, eso sí. Y con un dulce aroma a champú nutritivo para cabellos castigados, mates y secos como el mío.
Pero no. No quedan por donde vivo. Del pirulo tricolor se ha pasado al nombre propio y prestigioso. Al estilista. Al escultor de peinados. Al arte de las tijeras y la experimentación. Al cartel luminoso. Al escaparate de señoritas uniformadas, armadas con rulos y secadores en las cinturas y que ejercen su tarea como si de una cadena de montaje se tratase. Ya sea para él o para ella.
La cuestión es que mientras una simpática señorita me lavaba el pelo, para después cortármelo, comencé a pensar en todo esto, con una cierta añoranza. Tal vez motivado por los suaves masajes que mi nueva peluquera aplicaba sobre mi cuero cabelludo, a punto de ser trasquilado con estilo. Y con cariño, eso sí. Y con un dulce aroma a champú nutritivo para cabellos castigados, mates y secos como el mío.
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